La Declaración Universal de los Derechos Humanos no fue un capricho. Se cocinó tras dos guerras mundiales, mucha barbarie y el consenso internacional de que, mira, tal vez "ser buena gente" debería ser un estándar legal y no un favor.
Y dentro de todo eso, el derecho a la educación se proclamó como una especie de Wi-Fi global: básico, necesario y todos deberían tenerlo.
Pero, ¿qué tiene que ver Ciro el Grande con la educación?
En las diapositivas del tema 2.3, nos recuerdan que el primer documento de derechos humanos lo escribió un tal Ciro en el año 539 a.C. Porque si algo tenían claro los persas, es que no basta con conquistar Babilonia... también había que respetar un mínimo de dignidad. Eso o al menos dejarlo por escrito para que los profesores de Historia tuvieran con qué entretener a sus alumnos 2500 años después.
Derechos de los niños:
La convención sobre los Derechos del Niño (1989) nos dice básicamente, que los peques no solo son "seres en desarrollo", sino personas con derechos. Entre ellos: aprender. No solo a multiplicar, sino a pensar, opinar, y entender el mundo.
Pero ojo: que sea un tratado internacional no significa que se cumpla como por arte de magia: Actualmente hay 57 millones de niños que ni si quiera pisan una escuela. ¿Derecho? Sí. ¿realidad? A medias.
Un buen ejemplo es lo que está haciendo el estado genocida de Israel con Palestina.
La paradoja educativa: cuanto más la necesitamos, más se excluye.
Una buena educación puede elevar el crecimiento económico de una país hasta un 2% anual. Puede reducir la pobreza en más de 170 millones de personas. Pero aquí seguimos, con desigualdad galopante, abandono escolar, brechas digitales y sistemas que, a veces, enseñan más a obedecer que a pensar.
Mi opinión personal:
Si me preguntan, la educación debería ser como el pan: universal, accesible y de calidad. Pero la realidad se parece más a una panadería gourmet: algunos tienen de sobra, otros ni la huelen y hay quien se conforma con las sobras. Y mientras tanto, los que diseñan las políticas educativas muchas veces no han pisado una escuela pública desde que sonó su último timbre.
UNICEF y otras organizaciones insisten en lo mismo: sin educación de calidad no hay desarrollo, ni igualdad, ni democracia real. Pero parece que todavía hay quien no a leído la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
La educación es un derecho, no un lujo. No basta con promulgarlo, sino que hay que garantizarlo. Y si de verdad queremos un mundo mejor... toca empezar por las aulas, no por los rankings de universidades privadas.


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